Había
hace poco, una tarde gris en un lado del mundo, tan gris como la visión de un
deprimido, tan abandonado como la felicidad misma, tan ella que era
insoportable para quien la vivía y muchos estaban ahí; era el lado del mundo de
donde emergía la gente que no le interesaba el cambio, amantes de las rutinas, asesinos
de ideas, empleados de lo absurdo, pobres de imaginación pero millonarios de
pereza; ahí era donde se regocijaban algunos entre los lujos banales que yacían
dentro de sus laberintos a los que por acuerdo común llamaban “Civilización”.
Las relaciones entre ellos eran (sin excepción)
descorteses, incomodas y totalmente impulsadas por compromisos dictados
por la ideología nacida del vacío que existía en sus corazones machacados.
El
condicionamiento dentro de su Caja de Skinner era tal que todos los pobladores
de la “Civilización” llevaban años ignorando la gigantesca cascada de leche
brillante que crecía a las afueras del laberinto. Era muy diferente a lo que
solían ver todos los días, era tan desconocido que seguramente si hubiera
habido un momento en que sus ojos se dirigieran hacía tan singular lugar,
habrían sido presas de sus mentes adaptadas al ambiente gris y la percepción de
aquel espectáculo sería inexistente, no sería nada; no eran nada y su
conformidad con lo que tenían los castigaba desde sus cerebros.
Detrás
de esa cascada de leche brillante, había una gran cueva de húmedos y dulces
muros, de donde sobresalían enormes estalactitas de azúcar; un lugar demasiado
deleitoso para localizarse en ese lado del mundo. Era aún más sorprendente
encontrarse con quien moraba ahí; era un personaje singular, de un tamaño
finito pero no definido, hijo de las Keres, de personalidad con rasgos límite y
aspecto desajustado. Se llamaba Cábula, por ojos tenía la mentira encarnada en
colmillos, por manos enormes y resistentes columnas corintias que parecían
haber sido arrebatadas con furia de alguna construcción de sus antepasados
griegos, la boca no existía pero extrañamente emitía sonidos de dolor y
angustia que eran inexistentes porque nadie los escuchaba ni siquiera los
pensaba; el resto de su cuerpo no era más que una ilusión de las miradas
creativas que por esos rumbos escaseaban.
Aunque
parece que Cábula con su tendencia a ser impulsivo, suicida, paranoide,
agresivo, abandonado, manipulador y fuera de control, estaba en perfecta
sintonía con el ambiente gris de la “Civilización”, no era así. No era
casualidad que habitara junto a la cascada de leche brillante y que odiara
tanto ese lugar al punto de que los gritos de dolor eran por el efecto
agonizante que la suavidad del ambiente le provocaba. Definitivamente no era su
sitio, el equilibrio en el mundo estaba dejando de existir velozmente y dentro
de poco habría una despolarización que destruiría lo natural y lo creado, lo
bello y lo tenebroso; nadie lo sabía, ni siquiera lo imaginaban, pero era una
amenaza real y tangible pues se sentía en el aire.
Del
otro lado del mundo, donde las tardes eran de colores y el oxigeno tenía
azúcar, habitaban todas las personas que habían descubierto y vivían con y para
el suntuoso amor. Todos sonreían, se amancebaban y nadie creía que los compromisos
y deberes eran necesarios; todo lo bueno estaba en exagerada connotación, tanto
que rayaba en lo incoherente e insoportable, pero en este lugar era
inimaginable demostrar descontento o desapego a las ideas generales, era un
lugar de supuesta paz y presunta alineación total y armoniosa de todo lo que
componía a los seres que ahí habitaban. Los desacuerdos y el trabajo no existían, los días se les
iban en caricias para todos y una lluvia incesante de placer y gozo sin mesura
ni conciencia. Por eso mismo, sus desequilibrados habitantes le habían otorgado
el nombre de “Elíseo”.
Era
increíble el grado de olvido de la razón y de la importancia que tenían ciertas
cosas como las leyes, el trabajo y esos asuntos incómodos, (que aunque los
ideales liberales nos impidan aceptar lo necesarios que son con una sonrisa), le
dan estructura a las sociedades. Y ese olvido, de la misma manera que en la
“Civilización”, le daba al “Elíseo” un castigo en la percepción de los
enlísenses; ellos no eran capaces de ver la sorprendente acumulación de rocas
volcánicas que curiosamente existían juntos enfrente del lugar. Se veía desde
todas las “casas” de los habitantes del lugar, pero en realidad nunca nadie lo
había visto, no existía para ellos.
Se
sabía que esas piedras no tenían volcán de donde salir, ni volcán a donde ir. La
historia se repetía de este lado del mundo. Dentro de ese misterio rocoso
habitaba una masa viscosa, con 3 extremidades increíblemente gelatinosas; al
golpearse, la parte afectada se dividía, sin seguir siendo uno, pero tampoco
siendo muchos; miraba por medio de los sonidos y se transporta con los olores
clásicos de la amistad. Era el único hijo de Hipnos. Cada vez que alguien
sonreía, él llegaba con su invisibilidad para hacer cosquillas; su nombre era
Frimaki y era tan dulce que no debería de haber coexistido en ese lugar con su
constante rechazo a la amargura que le provocaban esas pulimentadas y
desabridas rocas.
Frimaki,
sabía que estaba en el lugar incorrecto, aseguraba que él era demasiado mágico
y extremadamente especial, para estar en ese sitio tan simple y abandonado; sus
rasgos de personalidad narcisista incrementaban cada vez que él se acordaba de
su accidental desgracia, sentía de hecho un gran rechazo por los habitantes del
“Elíseo” que parecían estar en completa tranquilidad y armonía, pero como el
rechazo no era posible en ese lugar (y en sus al rededores) siempre sonreía sin
importar cuales fueran sus emociones reales.
El
mundo se encontraba en desequilibrio y esa terrible confusión, de la cual las víctimas
directas eran Cábula y Frimaki, era la insoportable causa de que pronto todo lo
conocido y lo desconocido se derrumbara, ya que ellos eran los irremediables
Equilibristas del mundo. Lo que provoco este caos, fue que los Equilibristas no
tenían madre que los amamantara, entonces los dos se tuvieron que transportar a
la cascada de leche brillante para que se alimentaran de ella hasta que
tuvieran edad de buscar comida por ellos mismos. Todo iba saliendo a la
perfección, hasta que en el fatídico día en que cada uno iba al lugar del mundo
que le correspondía equilibrar, creció de la tierra “La Gran Mano Inmortal”
encargada de darles rumbo a los Equilibristas, pero ese día la mano estaba
confundida y fue así como mando a Frimaki al “Elíseo” y a Cábula lo dejo en la
“Civilización”. No sabemos porque fue así, no sabemos qué paso o cuales fueron
los motivos por el que “La Gran Mano Inmortal” se confundió de esta manera tan
grave; pero las observables consecuencias no eran buenas para nadie.
Tiempo
después de esas tardes que eran la misma pero a la vez eran completamente
distintas, apareció en el cielo un enorme libro abierto con un mensaje que
decía: “Me tarde muchos años en escribir esto, pero es momento de que sepan que
están en los lugares equivocados y que un barco llegara lo más pronto posible
por ustedes y los pondrá en el lugar que les corresponde equilibrar. Me
disculpo por esta confusión que tanto
dolor les ha causado. Atte: La Gran Mano Inmortal”. Nadie sabe como
ocurrió, pero el mismo mensaje fue visible para Cábula y Frikimaki al mismo
tiempo, siendo que cada uno estaba en un lugar diferente del mundo.
Al
día siguiente, tal como lo había dicho el libro, un barco llego por cada uno de
ellos y los llevo por un río de nubes sin color ni textura. Cábula y Frikimaki
se encontraron en el camino y después de tantos años de estar separados se saludaron
con mucha emotividad, pues a pesar de que ninguno se acordaba del otro había
fuertes lazos de sangre que los unía, lazos que habían sido formados cuando
fueron amamantados por la misma cascada de leche brillante.
Cuando
cada uno llego a su sitio correspondiente; Cábula a la acumulación de rocas
volcánicas que estaba frente al “Elíseo” y Frikimaki a la cueva detrás de la
cascada de leche brillante con húmedos, dulces muros y estalactitas de azúcar
que estaba a un lado de la “Civilización”; se sintieron en completa e
inigualable sintonía, no había más, estaban en el lugar propicio para
equilibrar el mundo. Esperar un día más para comenzar era un absurdo, cada vez
se acercaba más el momento de la despolarización, necesitaban actuar ya y ellos
sabían cómo.
No
paso más de una semana para que las tardes dejaran de ser grises y de colores,
ahora el cielo era azul en los dos lados del mundo, todas las personas podían
seguir normas en armonía, trabajar y disfrutar de todas las cosas buenas que
los rodeaban mismas de las que habían abusado e ignorado; todo estaba en
equilibrio. La despolarización era una noticia vieja y olvidada, ahora todos
hablaban de los grandes “Equilibristas”.
Basto
solo con hacer que las personas vieran a su alrededor y creyeran en lo que
veían, para que sus actitudes y condicionamientos aprendidos y heredados
cambiaran y se dirigieran a lo humano, a lo natural. Eso se dio gracias a la
magia que era producida por las mentes de los Equilibristas, apenas ellos
estuvieron tranquilos y en armonía, empezaron a desprender destellos de energía
mágica a lo largo de los dos lados del mundo, energía que les dio a los habitantes alguien en
quien creer.
FIN
